Una tarde de octubre los socios de un club emprendieron el viaje a las fronteras donde se ubicaba un castillo del siglo XV. La invitación para una visita exclusiva iba dirigida especialmente a los miembros del club Hispania.

Siglos atrás, la ciudad testigo de invasiones, había sido devastada. Luego de varios años se inició la reconstrucción y se edificaron defensas para contener a los agresores. Ahora a un año del nuevo milenio, los viejos “hispanos” estaban emocionados por la incursión ya que ninguno conocía este sitio lleno de historia. Desde hace más de tres décadas que había permanecido cerrada con resguardo militar por problemas limítrofes con el país vecino.

Durante el trayecto algunos cuentan historias de terror, otros charlan sobre sus anécdotas en viajes pasados. Ya eran las seis y treinta, cuando observan por la ventana a un hombre agitando un pañuelo a un lado de la carretera, vestido con una camisa de colores, pantalones hasta la rodilla y unos zapatos en punta. Lo reconocen como un artista, aparentemente indefenso y se detienen para ayudarlo.

Consulta si le pueden llevar hasta el castillo, el chofer con el consentimiento de los demás compañeros abre las puertas del autobús.

Se presenta sonriente:

  • Mi nombre es Pierre y soy actor de teatro, hoy tengo un ensayo en el castillo, para mi mala fortuna hoy no vino la caravana que me llevaba, les agradezco el gesto, un gusto de estar en esta unidad, espero que disfruten su viaje.

Algunos lo aplauden y continúan el viaje sin mayor problema, a los 30 minutos llegan a su destino.

El fortín de estilo gótico se alzaba majestuoso, algunos se quedaron atónitos por el buen estado de conservación en el que se encontraba, se quedan viendo un par de gárgolas en lo más alto. Luego de hablar con la seguridad, Vicente el líder del grupo los animó a bajar y dar inicio al recorrido.

En la enorme puerta de ingreso un hombre alto con un lamparín parece flotar en medio de la oscuridad, lleva un sombrero ancho y una capa larga.

Pierre, dirigiéndose a Vicente le comunica que estará de vuelta al cabo de un par de horas para retornar con ellos. Vicente responde afirmativamente.

Se aproximan en fila al pasadizo donde encuentran una gran placa con las indicaciones a seguir durante la visita. Está prohibido tomar fotos.

Una mujer ya entrada en años con el cabello cano recogido y lentes permanece observando a los visitantes, tiene un vestido largo de color negro cuyos bordes rozan con el suelo y sostiene un candelabro de tres brazos que alumbra a su alrededor.

Acercándose lentamente manifiesta:

  • Buenas noches y bienvenidos al castillo Leclair, espero que tengan en cuenta lo indicado en la placa, mi nombre es Emperatriz encargada de la primera planta, en cada nivel encontraran un colaborador quien les guiará en su recorrido.

Terminada la breve presentación, les invita a pasar al gran salón principal.

A un lado se encuentran unas figuras de cera con indumentaria de la edad media, juntos con armaduras. A la otra orilla al estilo renacentista se aprecia una gran chimenea hecha de mármol de carrara que irradiaba luz a todas partes de la sala.

Emperatriz comienza por narrarles la historia de Los Leclair, una familia noble que residió hace centenares de años. Todos la siguen atentamente, algunos interesados le hacen preguntas.

Al pasar a la habitación contigua se escucha un estruendo proveniente de la parte superior, el sonido se asemeja a rocas golpeándose, unos segundos después las llamaradas del fogón se avivan ocasionando alarma entre los visitantes. Emperatriz trata de calmarlos refiriendo que son trabajos nocturnos.

Terminado el primer piso ascienden al segundo nivel por una vieja escalera en espiral. En la segunda planta localizan a la guía correspondiente, lo curioso era que tenía un gran parecido físico con Emperatriz, también tenía consigo un candelabro.

  • Soy Isabelle, continuando con el recorrido les comento que aquí encontraran una gran variedad de cuadros antiguos los cuales… – el ruido interrumpió esta vez más fuerte que la vez anterior.
  • No se preocupen… están movilizando algunos objetos en los cuartos superiores. – indicó mientras proseguía con su trabajo.

En el grupo ya se percibe cierto pavor, más de uno se sintió incomodo, el clima se torna más frío. A medida que aprecian cada pintura, estas se tornan más oscuras, carentes de color, algo sombrías.

Concluyendo su recorrido Isabelle informa que el tercer nivel está en mantenimiento y pasan al cuarto y último nivel por una pequeña escalera situado en una esquina.

Algunos visitantes ya indispuestos expresan su deseo de retirarse sin embargo muchos curiosos los animan a proseguir para acabar con el recorrido.

Ascienden en seguida, a la altura de la tercera planta, el bullicio se hace más constante, como si un cuarto de máquinas se tratase se distinguen golpes en seco y hasta lo que parece ser el crujir de huesos despierta en los invitados una sensación de pánico aún mayor. Aterrados apuran el paso llegando al cuarto nivel donde se topan con otra de las trabajadoras.

De expresión serena y muy parecida a las demás se expresa:

  • Gracias por haber llegado hasta este nivel, mi nombre es Barbara, les mostraré una variada colección de monumentos y estatuas esculpidas en piedra. – en ese momento hizo una pausa y miró a un cuarto que se encontraba cerrado. El sonido se fue intensificando hasta que tomó partido una vela y con la cera trazó un símbolo extraño en la puerta de la habitación.

Los ruidos desaparecen dejando asombrados con aquella escena a los visitantes. El líder del grupo pregunta porque tanto secretismo a lo que ella contesta:

  • Nada en especial, en esta habitación se depositan algunas estatuas, lamentablemente ya están muy deterioradas y no se han podido restaurar.

Abre el cajón de un viejo escritorio y saca un papel, el dibujo pintado a carboncillo muestra dos gárgolas frente a frente.

Se aproximan formando un círculo, uno de ellos dice:

  • ¡Ese par de gárgolas las he visto cuando llegamos! ¡estaba en lo alto junto a un torreón, estoy seguro!

Muchos de sus compañeros confirmaron lo dicho.

Barbara señala que eso no es posible ya que estaban allí hace muchas décadas en mal estado. Señala que hay muchas otras esculturas que podrían valorar.

Pierre, de un momento a otro, se hace presente con el grupo en esos momentos. Fija su mirada en la puerta, la misma donde se revela el símbolo, saca de su bolsillo una llave y mientras los demás observan la exposición fuerza la puerta y logra entrar.

Se encuentra muy oscuro allí adentro, mientras avanza logra ver grandes figuras cubiertas por mantas, de pronto escucha el chirrido de la puerta cerrándose a su espalda, y siente como si una garra le sujetara del cuello.

Imposibilitado de gritar alcanza a levantar una mano y en ese mismo instante queda convertido en piedra.

Barbara se percata del hecho y anuncia algo alterada “El recorrido ha concluido ya tenemos que cerrar”.

Los integrantes del grupo solo tienen en mente salir lo antes posible puesto que el ambiente se vuelve cada vez más pesado y tenebroso.

Se retiran en orden directo al autobús de regreso, Vicente algo preocupado da una vuelta fuera del bus y lanza un grito llamándolo, ni un murmullo se escucha. Antes que se haga mas tarde sube al autobús para el retorno.

Vicente llega cansado y con un dolor de cabeza terrible, se queda pensando en lo sucedido. A la mañana siguiente trata de comunicarse con alguien en el castillo, pero no tiene éxito.

Decide investigar en una biblioteca, encuentra un viejo libro donde se describen los monumentos del país, en una de las paginas se hacen referencias a las guías que en realidad eran tres hermanas, lo más impactante era que habían nacido en el siglo XIX.

La fortaleza funcionaba como un museo donde ellas mismas dirigían y actualmente ya se encontraba abandonado, luego de algunos años se supo que allí ocurrieron crímenes atroces, pues, se hallaron cadáveres con signos de haber sido torturados. Nadie supo más de ellas desde que partieron al extranjero.

Efectivamente cuando regresan, no encuentran más que escombros, apenas se distinguen algunas de las figuras de piedra sin forma.

Esa experiencia lo dejó marcado, por ello, decide dejar registro en un anecdotario donde escribe lo siguiente:

«Sigo preguntándome cómo llegamos a presenciar esos momentos que ahora me parecen tan irreales, como si fuese una pesadilla. ¿Por qué tanto hermetismo con las tres hermanas? ¿Qué ocultaban en el tercer piso?

En lo que si estoy seguro es que nos transportamos a otra época donde no distinguimos los límites de la realidad y la fantasía, como si de la misma frontera entre dos países, se tratara».