
En la sección “objetos prohibidos en la historia” de un museo yacía una estatuilla que a comienzos de la edad media iba ser entregado como un “trofeo” al ganar una competición cuya disciplina deportiva ha cambiado en muchos aspectos. Sin embargo, por una serie de razones no llegó a manos del vencedor en la final. Refiriéndonos al objeto, este tenía incrustaciones de metales preciosos los cuales en su mayoría fueron obtenidos de alhajas.
Estos preciados tesoros fueron obtenidos a través de décadas de invasiones y les fueron arrebatados a sus dueños por la fuerza, consolidándose como el símbolo de un deporte “salvaje” que surgió a partir de una práctica ancestral entre las personas de clase alta y la realeza.
Dicho deporte era llamado “launchacmori” que en latín significa “lanza y muere”. Era un espectáculo para un gran sector de la población como el caso de «las justas» y en su época más popular se desarrollaba a vista y paciencia de muchas autoridades.
Técnicamente consistía en lanzar grandes y filudos objetos parecidos a un hacha, pero modificada y con gran filo a un pedazo extendido de carne. Al comienzo de la competición generalmente era de res, el cual se fijaba a un madero circular que daba vueltas sobre su eje. Se solía marcar con una equis en distintos puntos a fin de acertar al objetivo o lo más cerca posible.
Para un torneo los grupos estaban conformados por tres personas, empezando por el primer lugar obtenía muchos metales preciosos e incluso tierras, el segundo era forzado a depositar una determinada cantidad sangre en unos cubos que yacían en un tablón y el concursante que quedaba en la última posición era puesto en un tablón, con las extremidades atadas. Por una gran cantidad de dinero al comité podría colocar a otra persona para reemplazarlo. Muchos sirvientes y esclavos fueron obligados por sus amos y señores a tomar su lugar.
En la siguiente etapa ya no era un simple pedazo de carne sino un ser humano quien se colocaba con grave peligro de resultar dañado. Las marcas ya no se hacían en el cuerpo sino en la silueta, pero si fallaba al lanzar podría mutilarlo hasta ocasionarle la muerte.
A la victima generalmente le vendaban los ojos a menos que no lo quisiera (como si fuese su único deseo). No podía escapar de su condena una vez realizado el trato.
– ¿Y qué necesidad de hacerlo con seres humanos? – se preguntaban muchos.
En palabras de un viejo y veterano cazador “el espectáculo siempre tiene que traer algo novedoso” conjugada con otra frase “mientras más sangre, mejor”. No se avergonzaba de maldecir y aclamar acciones crueles en público, talvez inspirado en los juegos del coliseo romano los cuales fueron realmente bárbaros. Fue el responsable de contribuir con ideas terribles en el desarrollo de competiciones locales, muchas veces, tomando parte como juez o arbitro en las contiendas. La competición solo se organizó de forma oficial una vez. Los miembros más activos se aseguraron que tal evento se publicitará con mucho tiempo de antelación para recibir una mayor participación y asistencia.
Sin embargo, no todos los cortesanos simpatizaban con esta práctica ya que muchos de ellos vieron peligrar sus intereses por lo que planearon arruinar y sabotear el torneo. Convencieron a mucha gente de ciudades alejadas, sobre todo religiosa, que dicha “disciplina” estaba inspirado en un rito demoniaco
En los primeros días de la competición una turba de ciudadanos se abarrotó a puertas del lugar donde se llevaba a cabo. Muchas de estas llevaban antorchas y crucifijos, pues creían que ayudaría a combatir tales actos de atrocidad. Ante ello se había contratado a mucha seguridad.
Pero en el día de la gran final un grupo de hombres armados en túnica irrumpieron acompañada de una gran muchedumbre de gente irrumpieron cuando estaban a punto de premiar al ganador. Tomaron prisionero a todos los que encontraron en el escenario además del premio en físico de todo el torneo y quemaron varios de los instrumentos. Luego de enterado el imprevisto el rey del país nórdico decretó la prohibición de esta práctica y que todo lo relacionado a ello.
Un renombrado historiador de apellido Duelutmas puso en evidencia en uno de sus libros, sólidamente fundamentado, los malos manejos en los que estuvieron involucrados nobles de alto abolengo como duques y condes que gozaban de gran popularidad entre la población los cuales buscaban influir en el comité organizador para cambiar algunas reglas del juego a beneficio propio.
Reveló la apropiación de fondos que se iban a destinar al desarrollo de próximos torneos en lujos y ambiciones de los organizadores mas codiciosos de la época.
También expuso un complot del hermano del rey con los organizadores tras haber sido embaucado en un acuerdo pues era un asiduo asistente y apostador empedernido. Decidió vengarse y erradicar todo lo relacionado a esta practica deportiva. Precisamente el objeto mas representativo de todo el torneo fue a parar durante un buen tiempo a los salones de un palacio.
Varios años después fueron encontrados por unos saqueadores que intentaron venderlo, pero no tuvieron éxito en varios intentos. Con el pasar de los siglos este objeto fue recuperado por un explorador quien resolvió donarlo a un museo, el mismo donde se encuentra ahora mismo. Lo más curioso es que desde que está en exhibición no se ha quitado la tela que lo cubre y solo hay una pequeña inscripción en su pedestal que indica una breve reseña de lo que representa.
Cuando los asistentes preguntan al guía el motivo del porqué esta cubierta, este le responde que con dicho instrumento se asesinaron a decenas de personas, pues en realidad es el que usaron en la primera competición y simplemente está bañado en oro. Y la razón de mantenerse con un velo se debe a un pedido explicito del rey en aquellos tiempos en el que solicitaba que se mantuviera en su misma condición pero que no sea mostrado al público como tal.
En esa misma sala se encontraban grandes discos de madera con una figura de cera en las que se recreaba la escena en las que la victima era sujetada con férreas cuerdas para su posterior suplicio.