
Recuerdo esos tiempos en los que disfrutábamos de la tranquilidad del campo, a media tarde degustando los frutos maduros. El sonido de la naturaleza desde el crujido de las hojas secas al ser pisadas hasta el contacto de las brasas con el agua después de la quema de maleza. Escuchar la corriente del rio al despertar por las mañanas, el canto de las aves, etc. Todo alrededor se veía lleno de vida y en completa armonía.
Los sembríos de frutas, hortalizas y verduras era la fuente de alimento por excelencia. Las uvas además de consumirlas lavadas también eran útiles para el vino, el níspero y las ciruelas eran las más dulces y se juntaban en canastas. Cuando llegó el otoño, una flor en medio de la parcela, fue lo más vistoso en el terreno. Durante esta temporada las zonas más próximas a los árboles estaban cubiertas por hojas secas. El intenso color rojo de esta flor no pasaba desapercibido y parecía tener un poder inexplicable.
Ninguna otra flor se veía tan imponente como esta en otoño, opacando las pocas que quedaban. Me llamó tanto la atención que le tome una foto
Tres años después, encontré aquella foto, era el mismo día que la tomé y luego de contemplarla un rato con nostalgia, salí al jardín para relajarme unos minutos. Llegué al lugar más fresco en mi casa, noté que una abeja sobrevolaba las flores, formando una especie de figura en su trayectoria. El mismo patrón de vuelo se repetía una y otra vez, iba y venía. Desde diferentes sentidos terminaba por dibujarse lo mismo.
Se trataba del número tres, aunque a veces parecía ser del doble de tamaño, al fin y al cabo, tenía la misma forma se mantenía. De pronto percibí un olor mucho más agradable como si estuviese en medio de un bosque con mucha vegetación. Aún faltaba mucho para la primavera, pero ya se sentía la cálida sensación de esa estación.
Me percaté que mis sentidos no estaban en ese mismo lugar lo que me llevó a recordar el día en que tomé la foto a la flor roja en el campo. Luego de descubrir la flor me dispuse a explorar un poco más el terreno, había un área de la parcela donde había muy pocas plantas, en su mayoría tierra y ramas secas. Allí mismo pude ver unos agujeros en el suelo separados a la misma distancia uno del otro. Había muchos de ellos y formaban numerosos triángulos agrupados, todos ellos eran perfectamente simétricos.
Me detuve para verificar si aparecía algún insecto, al principio creí que estos hoyos eran de avispas y tuve el impulso de enterrarlas ya que son muy agresivas en su territorio, pero opté por esperar. Al cabo de un par de minutos una abeja salió en dirección a las áreas mas verdes, aunque en esos días de otoño el apenas se distinguían algunos el color natural. Aun así, encontró aquella flor rojo carmesí, revoloteó alrededor posándose sobre ella. Comprendí entonces lo valioso que eran estos seres vivos y la importancia que tienen en todo el ecosistema.
Acomodé unas ramas y troncos cercando esos hoyos con suficiente espacio en el contorno, con ayuda de mi madre colocamos un aviso prohibiendo entrar en ese cuadrante ya que el camino se encontraba a pocos metros.
Después de aquella anécdota busqué más información y pude constatar que se trataba de una abeja minera quien tiene diversas funciones entre ellas la polinización y controlar las plagas. También llamadas abejas excavadoras, son inofensivas y hacen sus nidos en áreas con sombra donde hay escasa vegetación.
La abeja del jardín se asemejaba mucho a la del campo siendo muy probable que se trate de la misma familia. Su aparición quizás sea una señal por el tiempo cumplido desde aquel suceso o sea un agradecimiento.
En cuanto a la flor no pude identificarla por mi cuenta, pero aún conservo esa foto que le tomé en todo su esplendor. A raíz de este suceso antes que las flores más hermosas del jardín se marchitaran por completo las guardaba en un atlas antiguo que tenía en un ropero.
Mi madre hacia lo mismo con las flores que quería conservar, de esa forma el prensado de flores pasó a ser una magnifica actividad.