Mauro a sus cortos ocho años, se llenaba de preguntas como cualquier otro chico de su edad; queriendo saber cada cosa que le causaba curiosidad. Sus papás centraban toda la atención en él, porque era el único hijo de la familia Villanueva. Su madre, la señora Regina, era una persona muy comprensiva por lo que muchas veces le respondía con toda paciencia. Para orientarse mejor de todo esto pidió ayuda a un psicólogo y este la ayudo a tratar ciertos aspectos.

A ella le sirvieron muchos los consejos que recibió ya que los supo aplicarlo muy bien a pesar que el especialista le indico que era un niño hiperactivo.

Poco a poco se empezó a dar cuenta que su primogénito se miraba mucho a un espejo que había en la sala.

Al principio no le tomaba importancia luego descubrió como Mauro buscaba entre sus cosas, extraía el pequeño objeto reluciente y se quedaba buen rato con un pequeño espejo, él curioso dijo:

–           Mamá ¿por qué no me escogiste otra cara?

Su madre con una sonrisa contestó:

–           Yo no escogí nada hijo. Agradece a la madre naturaleza

–           Eso quiere decir que no me escogiste como tu hijo- increpó -, nací al azar.

–           Mira, no se trata de elegir que niño, pero uno quiere que nazca sano – resolvió.

El chico ya no contestó, quedándose concentrado en el cristal el cual mostraba su reflejo. Hizo muecas y gestos de todo tipo, pero quedo algo incómodo.

Su madre lo notó muy enojado desde ese momento. Al día siguiente se le había pasado un poco, pero no del todo. Ella veía como lo hacía en muchas ocasiones; todo creía hacerlo sin que nadie se diera cuenta. Permanecía frente a él durante largo tiempo hasta que se retiraba, a veces molesto y otras veces sollozando. Le preocupó esta escena que se prolongaba por días, cuando llegaba de la escuela; pero poco a poco se fue olvidando y no le dio mayor importancia.

Cierto día su mamá le pregunto:

–           Hijo ¿Qué querrías para tu cumpleaños?

–           Un espejo más grande del que hay en la sala, pero para mí nomas-respondió.

Ella con cierto asombro:

–           ¿Y por qué un espejo? – Y el que tienes en el tocador de tu cuarto

–           Ese espejo no me quería – respondió el pequeño agachando la cabeza.

–           ¿Qué? – no me digas que… – dijo sorprendida

–           Yo no quería al principio, pero me molestó haciéndome parecer un monstruo, sobre todo al levantarme, cuando pasaba frente a él.

–           Ya te he dicho que el espejo no tiene vida, es solo un objeto. Además, por qué le tienes tanto interés.

–           No sé, yo no le hago nada…

–           ¿Cómo ocurrió?

–           Estaba molesto y le aventé mi zapato…

–           Bueno, yo me encargo le respondió su madre.

–           Gracias – correspondió abrazándola fuerte.

Ya cuando estaban los dos, ella le informó que su hijo quería un espejo nuevo para el día de su cumpleaños.

–           No parece un chico de su edad – señaló su esposo. Cualquier niño pediría un juguete, algo así como una bicicleta o una pelota.

–           No lo conoces bien, son sus gustos – dijo su esposa amonestándolo.

–           Bueno, ya, además le daré algo de mi parte – resolvió cortante.

Regina sin quedarse atrás.

–           Yo le prepararé un pastel.

Así paso el tiempo hasta que, en el día de su cumpleaños, ambos padres del pequeño aparecieron por la mañana en la habitación de este con lo que ya había pedido.

Era un sábado, día favorito de Mauro.

Dirigiéndose hacia él, que yacía sentado en su cama dijeron:

–           Hijo, feliz…

Interrumpió el niño al ver el espejo reluciente.

–           ¡Lo consiguieron!, quiero que lo pongan en el tocador.

Sus padres sonrieron al ver a su hijo feliz.

–           Claro, con tal que no lo quiebres – respondió su padre.

El cuarto se inundó en risas, tanto que el niño termino colorado.

–           Lo prometo.

Estaba hecho a la medida del mueble donde había roto el espejo, pues solo era un reemplazo. Carlos que parecía esconder algo detrás de él hasta entonces sacó un paquete envuelto en papel de regalo y se lo entregó a Andresito.

–           Ábrelo y veras – dijo sonriente.

Así lo hizo encontrando un típico cochecito de juguete con grandes ruedas y de un intenso color rojizo que relucía de nuevo.

Él lo miró y aparentó cierto interés demostrando una sonrisa discreta.

–           Y todavía te esperan más sorpresas – añadió su madre dispuesta a sorprenderlo.

El pequeño ya se sentía feliz por lo que había pedido, no obstante, esperaba con ansias la sorpresa que les tenían reservada sus padres.

Solo se limitó a contemplarse en el espejo como ya lo venía haciendo, pero ahora más tiempo. Pasaron las horas hasta que escuchó la voz de uno de sus papás.

–           ¡Ya voy! – se oyó

Cuando fue donde ellos, encontró a su madre con un gran pastel colorido, un ambiente decorado y a su padre. Sonó el timbre y entraron sus compañeros de la escuela con algunos de sus vecinos que habían invitado.

La pasaron muy bien, al final cada niño salió muy sonriente, como si salieran de una función de circo.

La casa de los Villanueva terminó hecho un vertedero de envases, envoltorios y demás cosas.

Después de todo, no había salido nada mal aquel día.

Esa noche Mauro tuvo una pesadilla que lo despertó muy asustado en la madrugada.

Soñó que se encontraba en un laberinto de espejos del cual no podía escapar.

Encontrándose en el medio de un enorme salón se comenzó a desesperar, viendo que se deformaba en ellos y tomaba la apariencia de un monstruo. Se volvió a dormir esperando que amaneciera, pero casi no pudo conciliar el sueño en el resto del día.

En la mañana siguiente saltó de la cama con dirección al baño. Ahí se lavó una y otra vez la cara, se restregó los ojos. Salió muy apurado a verse de nuevo en el bendito espejo. Al acercarse recordó la pesadilla que había tenido, dando la vuelta para no alimentar el miedo que podría sentir. La confusión, el miedo y la angustia lo invadían hasta en lo más profundo de su ser. Se recostó en su cama mirando el tocador.

En un momento notó como el reflejo del espejo le iba a dar a su cara debido a que la luz solar entraba a través de la ventana.

–           Me está desafiando – pensó.

En ese instante se acercó muy despacio al “objeto” y terminó por sorprenderse al verse reflejado. 

–           ¡No puede ser! ¡No puede ser cierto! – vociferó.

Sus gritos alertaron a sus padres que vinieron al poco rato.

–           ¿Qué te pasa hijo?

No quiso contestar permaneciendo quieto junto a su cama.

–           Dinos que ocurre ¿Por qué gritabas de esa forma?

–           Ustedes ya no pueden ayudarme, no es su problema ¡váyanse!

–           Bueno hijo te dejaremos solo para que pienses bien y te animes a contarnos que te pasa.

Mauro se fue a un rincón sollozando pensando en lo dicho por su madre.

Pero no podía sacarse de la cabeza lo que vio en aquel momento al pararse frente a ese objeto que lo atormenta.  Queriendo distraerse de toda la tensión se decidió a salir a la calle, para ello, lo hizo sin que sus padres se dieran cuenta, pasando sigilosamente por la sala hasta llegar a la puerta. Ya afuera, caminaba con la cabeza agacha sin mirar a nadie y sin rumbo; solo quería olvidar lo que pasó, quería estar solo.

Aspiraba el aire contaminado mientras avanzaba por la vereda observando su reflejo en las ventanas de las casas.

–           A veces se ven diferentes, pero ellos nunca me ven diferente a mí, siempre igual – caviló.

Al poco rato sintió como los pies se le hacían cada vez más pesados dando pasos con dificultad.  Vio un parque con muchas bancas y se fue a sentar sobre ellas muy agotado por el largo recorrido, aun se encontraba lejos de casa.  Allí vió como varios niños jugaban entre ellos con una pelota y con arcos de piedra; otros parecían jugar a las escondidas, unos que solo corrían detrás de otros, señoras paseando a sus mascotas, etc.

Ya que no quería preocupar a sus padres emprendió el regreso a casa.

En el camino de regresó decidió tomar un atajo, eso implicaba que tenía que pasar por un muladar. Así lo hizo y a mitad de este distinguió un cristal de tamaño mediano apoyado en un mueble viejo. Al verlo, recordó las duras circunstancias que había acabado de pasar y resolvió romperlo para descargar toda su rabia acumulada ya que no podía hacerlo con el suyo, por el temor a que sus padres lo reprendieran.

Al acercarse para destruirlo, notó como estaba lleno de suciedad, pero lo que vio que relucía de limpio, fue lo más extraordinario que le ha pasado hasta ese momento de su vida, parecía un sueño.

«Se notó en el reflejado una silueta luminosa, parecía ser un “holograma” atrapado dentro del objeto».

No podía creer lo que estaba viendo porque no era como él se veía físicamente, incluso se pellizcó para ver si estaba soñando.

Todo parecía realmente fantástico en esos instantes llenos de emoción. Resolvió aproximarse más, llegando a ver cosa más diferente.

De pronto apareció el ser de luz cargando una caja de madera asegurada con cadenas y con una figura en cada una de sus caras. Dicha figura era un signo de interrogación.  Se sentía inseguridad.

Mauro se quedó atónito por todo lo sucedido, no reaccionó hasta después de unos varios minutos. Solo atinó a coger el pedazo de cristal con cuidado, metiéndolo en un saco viejo que encontró cerca y prosiguió su camino, pero esta vez por un callejón paralelo a una calle transitada para pasar más desapercibido.

Dicha ruta era peligrosa ya que por ahí deambulaban personas de mal vivir por lo que tuvo que salir a dicha calle donde pasaba mucha gente para llegar a su destino.

Mientras tanto sus papás se encontraban angustiados por la hora que era y con su hijo fuera del hogar. Y es que Mauro no tenía previsto llegar tarde ya que solo quería despejarse un poco saliendo a tomar aire para estar tranquilo. Debido a su tardanza, aceleró el paso, con precaución para no romper el espejo que traía, pensando que le iba a decir a sus padres.

Al llegar a casa se encontró con sus padres.

–           Hijo ¿Dónde has estado? ¿Por qué tan tarde? ¿Qué es eso que llevas? – lo hostigaron con preguntas.

–           Me fui a casa de un amigo – respondió tranquilo.

Entrando a la vivienda sus apoderados estaban dispuestos a seguir con sus interrogatorios.

–           ¿Lo conocemos? – pregunto Regina su madre

–           ¿Acaso no confían en mí? – dijo el niño.

–           No es eso, solo queríamos saber dónde estabas ya que no nos dijiste nada cuando saliste y ni te vimos.

–           Acaso voy a estar encerrado –dijo molesto.

–           Lo bueno es que están bien, ahora vamos a cenar – resolvió Regina como para calmar la situación.

Al escuchar esto se retiró un poco molesto.

Cuando Mauro entró a su habitación, sacó el dichoso espejo y lo puso en su mueble sacando el que ya estaba ahí antes. Como quería deshacerse del espejo que un día le regalaron en su onomástico por considerarlo ofensivo, un día cuando sus padres salieron lo sacó de casa y lo llevo al sumidero situándolo casi donde había encontrado el otro. Prácticamente solo era un cambio de lugar respecto a este.

A pesar de que el que había encontrado daba mal apariencia al cuarto porque estaba maltratado, no le importó. Atreviéndose a mirar:

Apareció un ser angelical con alas, esta vez se encontraba de rodillas y con la cabeza inclinada en posición de oración

No comprendía lo que pudiera significar esto por lo que pensó:

–           Que extraño ¿será un espejo mágico?

–           ¡Eso es! – dijo en voz alta.

–           Seguro que podré entrar a otro mundo.

Se animó a tocarlo, pero parecía como cualquier otro. Solo su reflejo era algo inexplicable.

Mauro pensaba que tenía poderes como lo había visto en la televisión y estaba dispuesto a encontrar algo en él. Luego de unos minutos se quedó dormido tratando de descubrir nuevas cosas con dicho objeto, sin embargo, ya estaba cansado por la actividad.

Cuando despertó sintió un sentimiento de culpa por haberse molestado con sus padres por las preguntas que le hacían.

–           Ellos solo se preocupaban por mí, no debí hacer eso, tendré que disculparme por portarme mal – caviló.

–           ¿Pero ¿cómo le digo que encontré esta cosa?

El pequeño se encontró envuelto en un problema por no saber decir que pasó en realidad cuando estuvo fuera de casa. No quería que descubran su más oculto secreto.

Iba a encontrar el modo, recostado en su cama, boca abajo y con harta flojera de levantarse.

Cuando se escuchó un ruido cerca llamando a la puerta:

–           Mauro, ya levántate para que vayas al colegio.

Como estaba en falta obedeció, pero con desgano.

Al salir al colegio solo pensaba en la forma de disculparse con sus padres sin que se enteren lo sucedido con el espejo. En la escuela estuvo pensativo y sin ganas lo que llamó la atención del profesor que se acercó para ver que le pasaba:

–           ¿Mauro, te ocurre algo?

–           Nada profesor – dijo tratando de hacer un gesto para disimular.

Apenas fue salida se dirigió corriendo hacia su casa, como queriendo huir de sus problemas, tropezó varias veces, pero se reincorporó hasta llegar agotado a su domicilio. Al poco tiempo ya estaba en su cuarto frente al cristal.

Apenas llegó se posicionó frente a él.

Reconoció al mismo ser por la forma, pero ya no irradiaba luz, parecía una marioneta tenía una soga atada a su cuello formando un gran nudo. Tenía la mirada perdida y la boca cocida, quería decir algo y no podía

Cuando entró en sueño profundo se encontró en una situación similar a la anterior.

Ahora se hallaba en un cuarto de cristales relucientes. Todo brillaba a su alrededor, hasta el mismo suelo y relucía de limpio.

En cada uno se veía muy diferente algunos exageraban en la forma física, él estaba muy asustado por lo que andaba de un lado a otro huyendo de estos objetos que lo atormentaban. Poco a poco llegó a una habitación donde se hallaba una mesa de piedra y encima de él un martillo dorado brillante.

Al ver esto el pequeño comprendió que este le serviría para algo por lo que corrió hacia el con todas sus fuerzas para cogerlo cuando de pronto se escuchó un ruido estruendoso que hizo que todos los espejos se quebraran a la misma vez. Solo pudo taparse las orejas con ambas manos y gritar lo más que pudo.

De vuelta sus padres acudieron para ver que le pasaba a su hijo arremetiendo en su alcoba con mucha prisa.

–           ¿Mauro, ¿qué pasa? ¿Por qué gritaste de esa manera?

El niño no pudo responder, se había quedado mudo del susto, pero se les quedó mirando por largo tiempo hasta que su padre intervino.

–           Hijo tú no estás bien, vamos a llevarte a un psicólogo para que te vea…

–           No… – alcanzó a decir el pequeño con una turbia vocecilla.

–           Tiene razón, últimamente has cambiado mucho y no nos dices ya nada – articuló la madre con preocupación.

Mauro se volvió a acostar sin decir nada. Sus papás apagaron la luz y se retiraron consternados. Largo rato permaneció despierto pensando en la espantosa pesadilla y con miedo a volver a tener otra igual, pero sin darse cuenta cayo en un sueño profundo.

Al día siguiente por la mañana el menor de la familia seguía acostado sin siquiera moverse. El timbre del reloj no logro despertarlo y menos sus padres que llamaron a la puerta varias veces.

Ya eran más de las 9 de la mañana y no se levantaba todavía, sin moverse en la cama. Al ver esto Regina entro a su habitación que se encontraba en silencio para enterarse como se hallaba su único hijo.

El yacía tapado con la frazada de pies a cabeza, se fue acercando notó como se movía un poco.

Él ni se percató de la presencia de su madre y ella al ver esto lo movió un poco diciendo:

–           Mauro despierta por favor, ya es tarde.

El pequeño tardó un poco, pero dio vuelta descubriéndose la cara.

–           Me siento raro, la cabeza me duele.

No has dormido bien, por la noche te despertaste asustado, parece que habías tenido una horrible pesadilla.

–           Ya no me acuerdo que ocurrió.

–           Si no te sientes bien tendremos que ir al hospital para que te revisen.

–           Mamá, hoy no quiero salir.

–           Tendremos que ir, aunque sea esta semana. Y vamos para que comas algo.

Aunque no se sintió muy dispuesto tenía hambre y fue sin chistar a desayunar. Cuando se sentó en la mesa recordó aquel incidente que tuvo con sus padres el día que llegó tarde y se dijo entre sí.

–           Esta noche tendré que disculparme con ellos y decirles la verdad. Respetuosamente se retiró de la mesa dando las gracias por los alimentos y dirigiéndose a su habitación, se aventó al colchón como si se tirase un clavado.

Aunque todavía se sentía fastidiado comprendió lo que estaba pasando y recordó al espejo que siempre lo ayudaba acudiendo de nuevo a el.

Sintió miedo al principio, pero se le pasó y se puso delante de él.

Un cuerpo humano flotaba en un gran vaso lleno de agua cubriendo parecía querer salir a flote, pero no lo lograba

En ese momento se le iluminó la mente dándose cuenta de que se estaba haciendo un mundo con la idea de disculparse con sus padres sin que estos llegaran a saber lo del espejo.

 ¡Ya sé! ¿Y si me preguntan lo que traía esa vez?

Les diré que era un vidrio, pues eso es ¿O no?… – pensó

El niño en su inocencia pensó muchas cosas, pero se hallaba decidido a hablar con sus padres.

Creo que tendré que disculparme, al menos es algo – pensó

Esa noche se sentó a la mesa decidido a aclarar el asunto que lo molestaba desde hace buen tiempo.

Cuando de pronto a la mitad de la cena hizo una pausa diciendo:

–           Discúlpenme por lo que paso ese día.

–           Hijo sabemos que te sientes mal por eso, pero ahora queremos saber cómo te va en la escuela.

–           Tu profesor nos ha llamado para decirnos que tú ya no eres como antes.

–           ¿Cómo es eso?

–           Que ahora andas distraído, ya no juegas con tus amigos, no quieres hacer nada.

Al niño esto le cayó como un baldazo de agua fría, tanto tiempo pensando en otro asunto y ahora le salen con este.

–           Por eso ya te he sacado una cita con el psicólogo para que te revise, creo que ya te lo dije.

No quiero ir donde ese señor – dijo saltando de su silla para luego encerrarse en su cuarto.

–           Ya vez como necesita una atención psicológica – indicó Carlos.

–           Si, nosotros tenemos que hacer algo ya.

Mauro se encontraba muy desesperado y confundido. Lo primero que hizo fue agarrar su espejo y abrazarlo.

–           Solo tú puedes ayudarme.

Poniéndolo de nuevo en su sitio, dejó que este lo reflejara de nuevo.

Esta vez el espejo mostró a un pequeño con dos sacos grandes y abultadas sobre su espalda. A pesar de que no daba la impresión de estar pesadas, el niño parecía que hiciera un gran esfuerzo por soportarlas.

Hasta que una pluma cayo por el agujero de los sacos.

Mauro se quedó sorprendido por lo que volteó y pensó en lo que pudiera ser, cuando en el espejo apareció una imagen en el que salía el con un señor que parecía hacerle preguntas. Sonreía y perecía gustarle el ambiente, lo que dio a conocer al chico que se trataba de la persona que mencionaba su padre.

Así entendió que debía asistir a aquella cita con el especialista y mostrarse simpático con este. Además, comprendió que así quedaría bien con sus padres sin que se hiciera tanto problema. Agradeció esto besando al cristal que le había dado el sabio consejo, cosa que iba a seguir para que las cosas salieran bien.

Corrió donde sus padres y les pidió disculpas por lo malo que había hecho y aceptó ir donde el experto habiendo perdido el miedo que tuvo al principio.

Cuando regreso a su alcoba lucía radiante y con una sonrisa de oreja a oreja en su gran objeto reluciente.

A medida que se iba acercando veía como su cuerpo se envolvía en una luz tenue, con un resplandor que casi le deja ciego.

Apenas distinguió su silueta, como nunca vio en otro lado evito molestarse.

Llegado el día de la cita acudió con gusto portándose muy bien con el psicólogo quien le hizo varias preguntas y le dio varios consejos.

Aunque no contó su experiencia con el espejo se sintió bien entrando en confianza hasta llegar a ser amigo. Después de esto sus papas estuvieron felices por la reacción del niño.

De ahí en adelante Mauro se sintió más seguro, mejoró su semblante, se notaba más alegre y atento.

Cierto día cuando regresó de la escuela se dio con la sorpresa de que su espejo ya no estaba, se lo habían llevado.

Trato de calmarse pensando en algo bueno pero la curiosidad, el no saber dónde estaba ahora lo desesperaba por lo que empezó una búsqueda exhaustiva por toda la casa. Revolvió muchas cosas hasta llegar a la cocina donde estaba su mamá.

Apurado corrió hacia ella a preguntarle y esta dijo con voz suave.

–           Hijo, lo siento.

–           No me digas que…

–           Cuando entré a tu habitación me puse a limpiar y en un descuido…

–           ¿Se rompió?

–           Si, ya recogí los vidrios.

–           ¿Ahora donde esta? – dijo Mauro con lágrimas en los ojos.

–           Donde se pone la basura y cuidado con tocarlo que te puedes lastimar.

Mauro no hizo caso y simulando ir a otro sitio fue a donde estaba.

Se solía poner este por la entrada de la casa en una bolsa negra para ser recogida por el camión de la basura.

Tuvo la idea que ya había sido recogido, pero esta se esfumo cuando empezó a correr para tratar de encontrarla en su sitio.

Cuando estaba por llegar tropezó y levantándose divisó una bolsa negra, que ya supo que era.   Acercándose a esta la abrió rápidamente y en ella vio cuantiosas piezas del cristal que le habían servido tanto. Agarró la bolsa y se lo llevó a su recamara donde las acomodó en el suelo formando un rompecabezas; de inmediato fue a buscar el pegamento y se arrodilló para comenzar a unir los pedazos.

Quería reconstruirlo, pero cuando cogió la primera pieza sintió un dolor agudo en su dedo índice, se había cortado y sangraba.

En ese momento tuvo ganas de llorar, pero se contuvo balbuceando:

–           ¿Por qué ahora me haces daño?

–           Si antes me ayudabas, me hacías bien. Ya no podré verte completo, ya no me dirás que hacer como esa vez. Ya no va ser lo mismo.

Tanto había querido a ese espejo que ahora le hablaba. Tomo valor y continúo el arreglo. Era muy difícil componerlo ya que había trozos muy pequeños que eran casi imposibles unirlos con otros, pero a pesar de eso no se rindió. Cuando ya había hecho todo lo posible espero un rato para ver que ocurría, mientras secaba el pegamento. Sus manos sangraban por los profundos cortes que se había hecho, mas no parecía darles signos de dolor.

Aguantó hasta que no pudo más y soltó una lágrima que recorrió su mejilla cayendo sobre el objeto en el que había puesto empeño para repararlo.

En ese instante este se irradió y en el fragmento del cristal más grande apareció un querubín que escondía sus manos, como si tuviera temor de mostrarlas.

Mauro tuvo curiosidad de tocarlo y cuando se dispuso a hacerlo, el ángel extendió sus manos hacia él y éste lo tomó.

Tiempo después un muchacho de rasgos muy similares halló el espejo que había dejado Mauro y cuando lo miró supo que debía llevárselo a casa.

                                                              FÍN